Informe CINCO AÑOS DE PROCESO EUROMEDITERRÁNEO
Washington pone en marcha iniciativas de cooperación económica y militar con los países del Magreb en abierta competencia con el proyecto euromediterráneo de la UE
EEUU
vs UNIÓN EUROPEA
SEGURIDAD EN EL MAGREB Y 'NUEVO ORDEN MUNDIAL'
(Texto
publicado en 'Nación Árabe', núm 43, 2001, publicación
del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe)
Rashid Khashana
Periodista tunecino
El Norte de África asiste desde hace tiempo a una serie de transformaciones que han creado nuevas realidades en ámbitos diversos entre los que la cuestión de la seguridad nacional y regional ocupa un lugar destacado. Los cambios habidos en el terreno de la seguridad están estrechamente ligados, por supuesto, con las nuevas relaciones económicas y políticas establecidas entre los países del Magreb por un lado y la Unión Europea por otro, ya sea en el marco de Acuerdos de Asociación o de cualquier otro tipo de colaboración bilateral. A esta circunstancia hay que añadir una estrategia norteamericana 'ad hoc' para la región que en muchos casos se contrapone al plan general económico europeo, lo que ha contribuido a la creación de una especie de rivalidad entre europeos y norteamericanos. Todo esto no ha contribuido a mejorar alguno de los expedientes 'calientes' entre los diferentes países de la región como el asunto del Sáhara ni tampoco ha ayudado a despejar los nubarrones de la guerra civil argelina. Al mismo tiempo, ha propiciado una especie de competición intermagrebí por ver quién se hace con el rango de 'socio' especial de occidente en materia de seguridad y recepción de ayudas militares. Además, sobre todo en lo que respecta a EEUU, la insistencia en el aspecto de la colaboración militar responde al deseo de asegurar un flanco de apoyo en la zona al proceso de paz en Oriente Medio e, incluso, reforzar los vínculos de los países magrebíes con Israel, principal aliado de Washington en el área mediterránea.
La pugna
europea-norteamericana por hacerse con el control sobre la región
a lo largo de los últimos años es uno de los componentes
básicos del asunto de la seguridad en la región. Tras el
proyecto de Asociación Euromediterránea propuesto por la
Unión Europea (UE) en la conferencia de Barcelona de 1995, EEUU
dio a conocer el "Proyecto Eizenstat" en diciembre de 1998.
A partir de ese momento y durante los dos años siguientes, la progresión
de la estrategia norteamericana hizo que la puja mantenida entre unos
y otros llegara a su punto álgido.
Por lo que hace a los vínculos de los países norteafricanos
con la UE, la experiencia particular de Túnez y Marruecos, los
dos primeros en firmar el Acuerdo de Asociación, demuestra que
el proceso ha tenido implicaciones múltiples de carácter
económico, político y cultural. La apertura progresiva de
los mercados locales ante los productos europeos ha favorecido el deterioro
del tejido industrial local y el cierre de numerosas fábricas que
no pueden competir con las importaciones de la UE. Esta circunstancia,
como es natural, se ha dejado sentir en la sociedad en su conjunto, ya
que el desplome del sector industrial implica la destrucción de
puestos de trabajo y el consiguiente incremento de tensión social,
con el agravante, además, del proceso de privatización puesto
en marcha en los países del Magreb y su corolario de conflictividad
social reflejado en las reivindicaciones sindicales.
Por otro lado, las implicaciones políticas de este tipo de colaboración
no tardaron en emerger a la superficie. En efecto, los Acuerdos dejaban
el camino expedito a que la UE ejerciese una especie de inquisición
permanente sobre el compromiso de los países del sur a la hora
de vitalizar el pluralismo político, la democracia y los derechos
humanos. Según lo estipulado con Túnez, por ejemplo, el
artículo segundo del acuerdo establece la celebración de
un encuentro anual entre las dos partes para analizar los avances habidos
en el ámbito de la democracia y las libertades; sin embargo, estas
reuniones han acabado por convertirse en un motivo de fricciones y controversias
recurrentes que han deparado el intercambio de ataques mediáticos
y un sinfín de acusaciones.
A la vista de las reacciones suscitadas por este sistema de control, cabría
preguntarse si es lícito que una fuerza extranjera intervenga de
forma activa en la implantación de la democracia y los derechos
humanos en otro país en aras de la renovación política.
Del mismo modo, conviene recapacitar sobre si mecanismos como éste
no sirven más que para consagrar una nueva tutela, debilitar la
capacidad de decisión política interna y someter esta última
a las presiones de los estados económicamente fuertes que ya colonizaron,
en el pasado, esa misma región.
La reacción norteamericana
El Proyecto
Eizenstat constituye la primera fórmula de cooperación regional
entre EEUU y el Norte de África desde la independencia de los países
de la zona. El proyecto comenzó a adquirir una perspectiva económica
neta al tomar en consideración medidas concretas para eliminar
las barreras arancelarias entre Argelia, Marruecos y Túnez y hacer
otro tanto en el intercambio comercial de éstos con el mercado
norteamericano, en previsión de algo parecido a una zona de libre
cambio. Con el ánimo de promover medidas efectivas que contribuyan
a apuntalar este proyecto -que hasta ahora no se sustenta en acuerdo escrito
alguno- se mantiene vigente desde hace dos años la costumbre de
celebrar un encuentro anual en Washington, al margen de la reunión
cuatripartita del Banco Mundial y el FMI, con la participación
de los ministros de Hacienda de tres países del Magreb (Marruecos,
Túnez y Argelia) y el de Estados Unidos.
Si este modelo de asociación propuesto certifica la creciente importancia
estratégica de la zona para la política norteamericana en
el contexto de la creciente rivalidad Washington-Bruselas por el predominio
regional, hay una serie de preguntas que deben formularse al hilo de lo
anterior. En primer lugar, ¿no terminará el proyecto en
cuestión por destruir por completo la ya maltrecha unidad política
de la región al separar a Libia y Mauritania del Magreb árabe?
¿Hasta qué punto la nueva relación económica
no va a deparar un tipo de custodia política y dependencia militar
y de seguridad debido al deseo norteamericano de fomentar sus inversiones
en la región (de lo que bien da cuenta el caso argelino) y reforzar
su presencia política, militar y cultural? ¿Qué conexión
existe entre el interés norteamericano por la región y las
presiones ejercidas sobre el Magreb para que normalice sus relaciones
con Israel, cosa que ya hiciera Mauritania en 1999, años después
de que Marruecos y Túnez estableciesen oficinas de contacto con
aquélla?
Precisamente esta última pregunta nos conduce a la conclusión
de que el proyecto estadounidense representa en última instancia
el vagón de cola del "tren del nuevo Oriente Medio".
Éste, desde el punto de vista norteamericano, constituye la principal
opción estratégica de Washington y los países de
la región, una vez concluidos los primeros capítulos de
los arreglos de paz en Madrid y Oslo.
Acuerdos de colaboración y la seguridad
No se suele hablar, cuando se aborda el contenido de las dos asociaciones de EEUU y UE con los países de la zona, de las implicaciones militares ni de la seguridad. Los textos oficiales y la documentación concernientes a ambos proyectos no se refieren al asunto de modo explícito; sin embargo, podemos hacer una lectura a la luz de ciertos cambios acaecidos a lo largo de los años pasados como la formación de la denominada Euroforce o el inicio de conversaciones formales entre los países de la región, Egipto incluido, con la Otán para modificar sus relaciones actuales.
La Euroforce
La creación de estas fuerzas en noviembre de 1996 con un contingente
de 15 mil hombres procedentes de cuatro países (Francia, España,
Italia y Portugal) refleja el temor europeo a la reedición del
caso iraquí en la región y el ascenso de la corriente islamista
al poder, sobre todo en Argelia. Los países del Magreb se opusieron
a la Euroforce al considerarla una amenaza directa contra ellos. Empero,
el grado de oposición varió de un país a otro, lo
que demuestra a su vez la desarticulación del consenso magrebí.
Así, Libia envió delegados a las capitales vecinas para
recabar la opinión de sus responsables al tiempo que Gadafi condenaba
con dureza la medida europea. Por su parte, Argelia se contentó
con emitir un severo comunicado por medio de su ministro de Exteriores
y el consejo de ministros tunecino hizo pública una nota en la
que criticaba "una iniciativa que da pie a múltiples interrogantes".
En cuanto a Marruecos, prefirió ceñirse a los canales estrictamente
diplomáticos.
Puesto que tales protestas no dejaban de ser proclamas en el desierto,
Europa siguió conservando sus tropas a pesar de quienes solicitaban
su disolución. Incluso, las puso a prueba en 1997, un año
después de su nacimiento, con motivo del pulso mantenido por el
presidente Berisha y la oposición en Albania. Además, la
participación de alguno de estos países en maniobras conjuntas
con los ejércitos europeos sólo un año después
(junio de 1997) contribuyó a menoscabar la credibilidad del Magreb
y expuso a los participantes a las críticas de sus vecinos. Por
supuesto, todo ello ha ahondado el abismo existente entre los países
del Norte de África y ha impedido la cristalización de una
estrategia conjunta frente a Europa.
Uno de los focos principales de conflicto en la región lo aporta
la presencia de una fuerza militar europea dispuesta a intervenir en cualquier
momento, si bien el nivel de movilización del contingente bélico
de la UE ha bajado de intensidad al mejorar las "malas perspectivas"
que se cernían sobre la región en 1996. Únase a esto
que la descompensación entre el potencial de uno y otro, que favorece
la lógica de la fuerza y la posibilidad de que una parte esgrima
el arma de la intervención militar cuando así lo crea necesario,
influye de forma indirecta en la marcha global de las relaciones euromagrebíes.
La Alianza
Atlántica
La OTAN, con motivo del nuevo credo adoptado a partir de la histórica
Cumbre de Washington del año pasado para celebrar su cincuentenario,
viene tratando de establecer un diálogo de futuro con los países
del Magreb, Egipto e Israel. Conviene señalar que las relaciones
que la Alianza pretende fomentar con tales países no sólo
difieren de las propuestas al este de Europa, tres de cuyos países
(Polonia, Hungría y Chequia) han sido aceptados como miembros,
sino que se circunscriben a la categoría de "asociado exterior".
Aunque algún país árabe solicite la incorporación,
cabe suponer que su vinculación con la organización se limitará
a la participación en maniobras conjuntas y la obtención
de ayudas militares estadounidenses en forma de material bélico
o cursos de instrucción para oficiales y técnicos siempre
y cuando exista el compromiso de adquirir armamento norteamericano. El
componente militar de esta relación constituye un acicate evidente
para la proliferación armamentística en la zona y la querencia
de algunos países a favorecerse de sus vínculos con una
gran potencia para dirimir sus querellas políticas o fronterizas
con los estados vecinos. De hecho, se ha producido una especie de disputa
regional por ver quién se alzaba con el galardón de "socio
más cercano" de EEUU, a pesar de que durante años el
lema común de estos estados fue sacar a las flotas extranjeras
del Mediterráneo. De este modo, después de que las maniobras
conjuntas se limitasen en un principio a Marruecos y Túnez, los
recientes ejercicios militares efectuados con Argelia parecen encerrar
el mensaje de que ésta pasará pronto a ser el primer socio
militar de EEUU en el Magreb, rango que ocupa actualmente en el aspecto
económico.
Aquí, de nuevo, cabe preguntarse por la naturaleza de los nexos
que unen el Proyecto Eizenstat con una colaboración militar que,
según parece, está llamada a medrar. ¿Acaso el proyecto
en sí es el fruto económico esperado de una relación
presidida por la asociación militar? ¿Hasta qué punto
la colaboración con la OTAN constituye una amenaza para la estabilidad
regional? ¿No reducirá la consecución de cada país
por separado de una relación particular con EEUU las posibilidades
de una colaboración militar regional y la creación de una
fuerza magrebí conjunta? Y por último, ¿por qué
los documentos fundacionales de la Unión del Magreb Árabe
(UMA, 1989) no decían nada sobre la posibilidad de formar un contingente
bélico compartido aunque fuese de forma embrionaria? ¿Por
qué no se formó una comisión especial dentro de la
Unión del Magreb para evaluar una posible integración en
materia de defensa?
Transformaciones y desafíos internos
De entre
los conflictos regionales actuales que condicionan la cuestión
de la seguridad regional en el norte de África dos tienen una significación
especial: el contencioso del Sáhara y el estado de guerra civil
en Argelia.
A pesar de los indicios de distensión aparecidos a finales de los
ochenta entre Marruecos y Argelia, indicios que hicieron factible la erección
de la UMA y permitieron suponer una solución pacífica al
contencioso del Sáhara, el acercamiento se detuvo a mediados de
los noventa y dejó paso a la controversia, culminada en el cierre
de fronteras y la retirada de Marruecos de la UMA coincidiendo con la
presidencia argelina. También, los expedientes fronterizos heredados
de la partición colonialista seguían aportando suficientes
motivos de conflicto entre los dos países principales en la zona,
y ni la mediación de la ONU/EEUU encabezada por el ex secretario
de Estado norteamericano James Baker ni los acuerdos de Houston entre
Rabat y el Frente Polisario consiguieron rebajar el grado de tensión.
Al contrario, la preocupación principal de ambos países
consistió en acorralar al otro diplomática, política
e informativamente. A la par, el peso económico y demográfico
de ambos, unido a su importancia estratégica, propició que
sus desavenencias afectasen a toda la región.
Hoy en día dos circunstancias ponen de manifiesto la situación
de no guerra y no paz que prevalece entre los dos colosos magrebíes:
a) La acción llevada a cabo por un grupo armado en la región
argelina de Bani Wanif, tras la cual se acusó a Marruecos de haber
franqueado la entrada y la salida del comando a través de sus fronteras.
El suceso estuvo a punto de originar una guerra y, en cualquier caso,
sirvió para clausurar lo que parecía una nueva etapa en
las relaciones bilaterales tras el ascenso de Buteflika a la presidencia
argelina en abril de 1999; b) El marasmo de la UMA y el aplazamiento de
la reunión de ministros de Exteriores y, por ende, la reunión
magrebí tripartita por mor de las divergencias entre Marruecos
y Argelia.
Es cierto, por otra parte, que se han producido avances notables en ciertos
conflictos fronterizos regionales: Túnez y Libia llegaron en los
noventa, tras dos décadas de crisis y disputas, a un acuerdo para
explotar de forma conjunta las riquezas de al-Yurf al-Qarri, zona en litigio
que los dos países habían reclamado de su propiedad ante
el Tribunal Internacional de La Haya en 1986. Desde entonces, las relaciones
bilaterales gozan de una estabilidad inusual y ya Libia no constituye
un "foco de tensiones" para Túnez ni ésta una
amenaza para aquélla. Algo similar cabe decir de la mejora experimentada
en las relaciones entre Marruecos y Mauritania tras la visita del presidente
Uld Taya a Tánger. Ahora bien, el conflicto del Sáhara aún
no se ha cerrado y sus implicaciones siguen afectando de manera especial
el devenir de la seguridad regional. Más aún, desde hace
casi un cuarto de siglo, el tema del Sáhara aporta un elemento
fundamental a la hora de cohesionar la situación interna marroquí.
A la vez, el Frente Polisario y su pugna con Marruecos favorecen la adhesión
al poder en Argelia y una fuente de legitimidad para la elite militar
que sigue ejerciendo el mando. Por lo tanto, nada invita a pensar en concesiones
recíprocas que despejen el camino hacia una solución política
a corto plazo.
En Argelia, pero también en Marruecos, Túnez, Libia y Mauritania,
los partidos de raigambre islamista experimentaron un auge notorio en
los noventa tras el ocaso del bloque comunista y el amaine del panarabismo.
Pero, ¿en qué medida suponen estos partidos un motivo de
conflicto e inestabilidad? Si las fuerzas integristas argelinas generaron
movimientos armados que pusieron en jaque el país, en especial
tras la dimisión de Zerual en 1998, también el ejército
-que forzó la dimisión de Chadli Benyedid en 1991, impuso
la ley marcial y anuló las elecciones legislativas de ese año-
debe asumir la responsabilidad de haber colaborado a abocar al país
a la guerra civil.
La llegada de Buteflika no supuso el fin de la crisis ni tampoco su regresión,
ya que las operaciones armadas, las explosiones y los asesinatos ya habían
empezado a disminuir en 1997 después de la llamada a la tregua
efectuada por el Ejército Islámico de Salvación (EIS)
. Además, las terribles matanzas contribuyeron a debilitar la imagen
de los movimientos islamistas ante la opinión pública mientras
que dos formaciones islámicas moderadas, Hamás y an-Nahda,
hacían campaña a favor del candidato oficial (Buteflika)
en las elecciones de 1999. En cualquier caso, los éxitos tácticos
del ejército y la permanencia del veto impuesto al FIS en el ruedo
político, unido a la ausencia de un líder islamista aglutinador,
han desbaratado la sólida base electoral que el FIS se había
asegurado en 1991. No obstante, el ejército ha perdido también
parte de su cohesión y fortaleza gracias a las disputas internas
que provocaron la dimisión de Zerual en 1998 y a las campañas
informativas que, durante la contienda presidencial de 1999, conminaron
a los militares a abandonar el timón del país, que insistían
en dominar en la sombra. A la vista de lo anterior, debemos preguntarnos
si la imagen del ejército como fortaleza inexpugnable ante la corriente
integrista radical no se ha visto de algún modo resentida.
Sea cual sea la respuesta, lo que no puede negarse es que la transformación
del conflicto interno argelino en una crisis crónica, unido a la
repetición de las matanzas y los actos de violencia salvaje con
su corolario de víctimas civiles, ha introducido nuevos factores
en la ecuación regional. El temor a los peligros internos se ha
convertido en la primera preocupación de los gobiernos, hasta el
punto de que muchos han justificado el aplazamiento de la puesta en marcha
del pluralismo político con el recordatorio de lo sucedido en Argelia,
sin cesar al mismo tiempo de favorecer la ascensión de partidos
laicos con el fin de desactivar el empuje islamista.
(Este artículo es una traducción condensada y escogida del artículo "Al-Inikâsât al-amniyya li-t-tahawwulât al-yâriya fî-l-hayâkil al-istraâtiyiyya wa as-siyâsiyya wa al-iqtisâdiyya fï Shamâl Ifrîqiyya" -"Las implicaciones en materia de seguridad de las transformaciones actuales de las estructuras estratégicas, políticas y económicas en el Norte de África"- especial para N.Á. Traducción del árabe de Pedro Rojo e Iñaki Gutiérrez de Terán, N.Á.)
*http://www.nodo50.org/csca/agenda2002/euromed2002/euromed.html
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