Informe CINCO AÑOS DE PROCESO EUROMEDITERRÁNEO

El proceso iniciado en Barcelona no está respondiendo a las necesidades de desarrollo de los países del Sur y del Este del Mediterráneo

LA ASOCIACION EUROMEDITERRÁNEA
UN PROYECTO ECONÓMICO TRUNCADO

(Texto publicado en 'Nación Árabe', núm 43, 2001, publicación del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe)

Iván Martín
Profesor de Economía Política de la UE y el Mediterráneo, New York University in Spain

Cinco años después de la Conferencia de Barcelona, la Asociación Euromediterránea presenta un pobre balance. En particular, si se compara con la desmedida euforia que provocó su celebración, proclamada como el alba de "una nueva forma de cooperación paritaria" y de un enfoque integral. Hoy por hoy, el argumento más reiterado en su favor insiste en que es todo un éxito que siga existiendo como tal y que no tiene alternativas, pero sin que ello consiga ocultar su fragilidad y, sobre todo, su inoperancia como instrumento para hacer frente a los grandes desafíos que tienen planteados los países ribereños del Mediterráneo, tanto en términos de desarrollo y cooperación como en términos de seguridad, democratización y de diálogo cultural. De hecho, se advierte un progresivo deslizamiento de la Asociación Euromediterránea hacia esquemas clásicos de relaciones Norte-Sur.

Ciertamente, cinco años son un período excesivamente corto para sacar conclusiones, pero permiten ya identificar tendencias y, sobre todo, medir el impulso con el que avanza un proyecto, incluso si se ha concebido expresamente desde un principio como un "proceso de Barcelona" que progresará hacia sus objetivos mediante avances incrementales. Además, es un período lo bastante largo como para justificar una evaluación que permita detectar e introducir las correcciones necesarias.
En su momento, la Asociación Euromediterránea fue proclamada como un hito en las relaciones Norte-Sur en el Mediterráneo, al articular en un mismo proyecto todos los aspectos de esas relaciones en un enfoque integral y superar el unilateralismo tradicionalmente imperante en esas relaciones por un marco jurídicamente vinculante de cooperación entre entidades soberanas con igualdad de derechos y obligaciones. La elección de la fórmula de los Acuerdos de Asociación pretendía poner de manifiesto que los intereses europeos en esta región tienen un carácter estratégico que va más allá de los meros intereses comerciales o la simple cooperación, extendiéndose a ámbitos más variados como las relaciones culturales y el establecimientos de vínculos entre las respectivas sociedades civiles, el diálogo político o la seguridad, y requiriendo, por tanto, instrumentos que garanticen una integración más profunda.

Potencial y limitaciones de la Asociación

Por ello, cualquier análisis de la Asociación Euromediterránea debe partir de una invocación de sus objetivos declarados y de las diversas motivaciones de los países que la celebraron para asumir los compromisos que entraña. Los objetivos eran los siguientes:

a) La creación de una "área de paz y estabilidad" basada en principios fundamentales como "el respeto de los derechos humanos y la democracia".

b) La creación de una "área de prosperidad compartida".

c) La mejora de la "comprensión mutua" entre los pueblos de la región y el desarrollo de una sociedad civil activa.

Para alcanzar estos objetivos, los instrumentos diseñados por las Instituciones comunitarias (con la participación destacada de las diplomacias de países como España y Francia) se inscriben en un enfoque holístico que, de acuerdo con sus propios postulados, pretendía superar el planteamiento excesivamente economicista de los acuerdos de cooperación tradicionales, articulándose en torno a tres dimensiones o ejes:
a) Un diálogo político y de seguridad destinado a promover la paz y la estabilidad en la región, desarrollar el Estado de Derecho y promover el respeto de los derechos humanos.

b) La cooperación económica y financiera, que contemplaba el establecimiento progresivo hasta el año 2010 de una zona de libre comercio entre los países de la UE y los países del Sur y el Este del Mediterráneo (PSEM) y un aumento sustancial de recursos financieros concedidos con objeto de facilitar la transición económica y hacer frente a los costes económicos y sociales que la zona de libre comercio tendría en los países en desarrollo del Sur del Mediterráneo (los denominados fondos MEDA).

c) La dimensión social, cultural y humana, que pretende fomentar el diálogo y la participación entre y de las sociedades civiles con el fin de reforzar la confianza mutua.

En cuanto a las motivaciones que llevaron a los distintos países a suscribir un marco de relaciones como éste, aun simplificando es un lugar común que mientras que para los países del Norte del Mediterráneo y de la UE el principal móvil era la seguridad y la estabilidad (aunque mal entendida esta última como simple mantenimiento del statu quo), para los PSEM se trataba sobre todo de promover su desarrollo, y para ello de incrementar los flujos de cooperación económica y financiera y, muy particularmente, las inversiones extranjeras directas en sus economías. Para los gobiernos de los PSEM, esto reforzaría su legitimidad exterior y contribuiría a consolidar las bases de su estabilidad. En un segundo nivel, mediante la Asociación Euromediterránea los países europeos se aseguraban el acceso privilegiado a los mercados de toda una región mientras que los PSEM se aseguraban ciertas salvaguardias en una especie de "ensayo general" de la apertura a las fuerzas de la globalización y esperaban que la liberalización de sus mercados industriales culminara con el tiempo en la apertura de los mercados agrícolas europeos.
Si la Asociación Euromediterránea despertó tantas esperanzas se debió a que, haciendo abstracción de cualquier consideración sobre las condiciones objetivas de las relaciones económicas y políticas entre los países del Norte y del Sur del Mediterráneo y las perspectivas reales de que se llegaran a poner en práctica todos sus componentes, ofrecía un repertorio bastante razonable de las acciones necesarias para impulsar un proceso de desarrollo económico y social sostenible en el sur del Mediterráneo y adoptaba un enfoque voluntarista para crear una verdadera región mediterránea de paz y prosperidad compartidas. "Resolver sus diferencias [entre los países asociados] por vías pacíficas" "con arreglo a la Carta de Naciones Unidas y al Derecho internacional", conseguir "un aumento sustancial de la asistencia financiera de la UE a sus asociados", consolidar la democracia y el respeto de los derechos humanos, promover el diálogo entre los pueblos e incluso aumentar el ritmo de "desarrollo socioeconómico sostenible y equilibrado", "con una mejora de las condiciones de vida de sus poblaciones, aumento del nivel de empleo y reducción de las disparidades de desarrollo en la región euromediterránea" constituían un catálogo sobre el que era fácil conseguir un cierto grado de consenso. Esto llevó a numerosos analistas, incluso críticos con la trayectoria y el contenido de la política mediterránea de la UE, a hablar de una "iniciativa ambiciosa e innovadora", "genuina y generosa" de la UE , cuyo enfoque global parecía invitar al optimismo. Incluso la articulación más precisa de los aspectos económicos del proyecto se consideró como un intento de reeditar la exitosa fórmula comunitaria, utilizando medios de integración fundamentalmente económicos para alcanzar objetivos eminentemente políticos.

Sin embargo, las principales limitaciones de este modelo de asociación se vislumbraban ya en su propio diseño, y han sido reiteradamente señaladas por comentaristas críticos con el proceso de Barcelona:

1. La falta de autonomía del proceso de Barcelona, supeditado a los altibajos de un proceso, como las negociaciones de paz en Oriente Medio, sobre el cual la UE prácticamente no tiene ninguna influencia. Esta subordinación de la Asociación Euromediterránea -un marco de cooperación regional-- a la lógica de las relaciones globales y al juego de poder de las grandes potencias quedó particularmente patente en el caso de la exclusión de Libia de la Conferencia de Barcelona y el proceso ulterior con la excusa de las sanciones impuestas a este país por el Consejo de Seguridad de NNUU en 1992, no suspendidas hasta 1999. Libia constituye un espacio inmenso (1,759 millones de km2) en pleno corazón del Mediterráneo, había participado en anteriores iniciativas de seguridad euromediterráneas -como la iniciativa 5+5 en el Mediterráneo Occidental-, es miembro de la Unión del Maghreb Árabe, es el tercer exportador de petróleo a Europa y su economía se encuentra más integrada en los mercados europeos que las de otros socios de la Asociación, entre otras cosas por ser un importante inversor de cartera en grandes empresas europeas. Y, sin embargo, ha estado excluida durante estos cinco años, y sólo desde 1999 se la admite como observador sin derecho a voz en las reuniones, sin que la actitud agresiva de algunos países permita augurar su pronta integración de pleno derecho.

2. La asimetría de las relaciones, tanto por la enorme diferencia de poder económico entre los socios (en 1997, mientras la renta por habitante media de los PSEM era de 2.285 dólares, la de la UE era diez veces mayor, de 22.785 dólares por habitante) como por la concentración del poder de negociación que se produce como consecuencia del hecho de que por un lado negocien quince países con una sola voz, representados por las Instituciones comunitarias, mientras que por otro negocian doce países de manera independiente, a menudo incluso enfrentados entre sí o en competencia por obtener mejores condiciones. Esta asimetría tiene su reflejo en el marco institucional de las negociaciones: en la práctica, las verdaderas negociaciones tienen lugar en el seno del Consejo de Ministros de la UE y entre éste y la Comisión, debiendo conformarse los PSEM con aceptar o rechazar los compromisos alcanzados en y entre ellos. En conjunto, este desequilibrio justifica considerar la Asociación Euromediterránea no sólo como un ámbito de cooperación, sino desde más de un punto de vista también como una plataforma de dominación.

3. El carácter fragmentario del proceso de Barcelona. En efecto, la Declaración de Barcelona tan sólo constituye un marco de acción para la negociación de Acuerdos de Asociación bilaterales entre la UE y cada uno de los PSEM, que son los que realmente constituyen instrumentos jurídicamente vinculantes de aplicación de lo acordado. El proceso de negociación y ratificación de estos acuerdos ha resultado sumamente lento y accidentado, hasta el punto de que a diciembre del año 2000 tan sólo han entrado en vigor los Acuerdos con Túnez (desde marzo de 1998) y Marruecos (desde marzo de 2000), además de los muy especiales con la Autoridad Palestina (un acuerdo provisional desde julio de 1997) e Israel (junio de 2000), estando pendiente de ratificación desde noviembre de 1997 el Acuerdo ya firmado con Jordania, mientras que el Acuerdo con Egipto, aunque supuestamente ya ha sido negociado y redactado, lleva año y medio pendiente de su firma. Con Siria, Líbano y Argelia, las negociaciones o no han comenzado o se encuentran estancadas . Aunque la Declaración de Barcelona se refería a una Zona de Libre Comercio Euromediterránea, este marco institucional hace que lo que realmente vaya a crearse -en su caso- sea una serie de Zonas de Libre Comercio bimultilaterales entre la Unión Europea y cada uno de los países del Sur del Mediterráneo, lo que favorece la consolidación de la pauta tradicional de relaciones comerciales verticales Norte-Sur y no fomenta en modo alguno un reforzamiento de las relaciones Sur-Sur, sino más bien la competencia entre estos países por obtener preferencias.

4. El carácter multidimensional e integral del proceso de Barcelona ha quedado en entredicho por la segregación de hecho de los tres ejes que lo articulan, de modo que las relaciones e interacciones entre el diálogo social y cultural, los intercambios económicos y el diálogo político prácticamente no existen, planteando de este modo la cuestión de la coherencia entre ellos. Es más, dado que la dimensión económica y financiera es la única definida en términos detallados, sujeta a plazos y compromisos cuantitativos concretos, se vuelve a caer precisamente en el vicio que se pretendía evitar, el del economicismo. En la práctica, la distribución de los fondos MEDA y el desmantelamiento de los aranceles de acuerdo con el calendario de creación de una zona de libre comercio son los dos únicos compromisos concretos cuya ejecución avanza, por lo que se han convertido en la piedra angular de toda la Asociación, sino en su único contenido.

5. Pero tal vez la debilidad más flagrante de la Asociación Euromediterránea sea la manifiesta contradicción entre las declaraciones y propósitos de la UE (la diplomacia declaratoria europea es brillante e ilustrada) y sus acciones, el desfase entre las ambiciones expresadas y el comportamiento real de los actores y los medios de que se dota. Esta contradicción tiene su origen en la diversidad de intereses en el Mediterráneo que conviven dentro de la propia UE entre los diferentes actores que influyen en su política (países del Norte y del Centro de Europa escasamente interesados en el Mediterráneo y países mediterráneos; ministros de Economía por un lado, ministros de Exteriores por otro y ministros de Interior por otro , Comisión Europea y Consejos de Ministros; grandes empresas y organizaciones no gubernamentales) y, lo que es aun más preocupante, la contradicción entre algunos de esos intereses: por un lado, promover los derechos humanos y la democracia (lo que se ha convertido en el leit motif de la acción exterior de la UE, que aspira a erigirse como potencia civil en el mundo), pero por otro la obsesión por la estabilidad y la contención del islamismo, que pone el énfasis en apuntalar los actuales regímenes políticos y mirar a otro lado ante las violaciones de los derechos humanos y sociales siempre que se demuestren capaces de poner coto a cualquier manifestación de inestabilidad social o política, aunque proceda de movimientos populares capaces de alentar cambios democratizadores; por un lado, la reacción defensiva ante las percepciones de invasión u oleada de inmigrantes del Norte de África, que aconseja promover un desarrollo genuino en esos países para reducir las presiones migratorias y, por otro, la voluntad mercantilista de capturar los mercados de esos países para las empresas europeas, que se traduce en la prioridad de la apertura de mercados, la liberalización y la privatización como condición más o menos expresa para cualquier forma de cooperación, independientemente de sus costes sociales; por un lado, la necesidad imperiosa de asumir un papel más activo en la resolución de los conflictos de esta región estratégicamente crucial para la UE (que, con cerca de ocho millones de inmigrantes del Norte de África y Oriente Medio, sufre directamente cualquier fenómeno desestabilizador en la zona), y, por otro, la penuria de medios y, sobre todo, la inexistencia de unos intereses comunes bien definidos entre las potencias europeas en la zona; por un lado, el deseo de asumir un papel hegemónico en su periferia inmediata, integrando el Mediterráneo Sur en su esfera de influencia, y, por otro, una cierta dejación ante el tradicional papel dominante de Estados Unidos.
En el caso de los propios países mediterráneos de la UE, existe una contradicción entre su posición objetiva como primeros interesados en impulsar un auténtico proceso de desarrollo en la ribera sur del Mediterráneo y primeros afectados por sus problemas y la percepción de esos mismos países como competidores potencialmente peligrosos para algunos de sus sectores económicos más competitivos (agricultura, pesca, textiles, etc.) . Por lo demás, estas contradicciones vienen a añadirse al que seguramente sea el principal problema de la Asociación Euromediterránea, que es el bajo grado de prioridad del Mediterráneo para una Unión Europea absorbida por los formidables retos de la transición al euro, la reforma institucional y, en materia exterior, la ampliación al Este y la intervención en los Balcanes, que compiten directamente por los mismos recursos y capacidades institucionales -muy limitados- que los países mediterráneos.

Todo ello se ha combinado para dar lugar a una hipertrofia de los elementos económicos de la Asociación (objeto de medidas concretas, compromisos vinculantes y plazos bien definidos en la Declaración de Barcelona y los Acuerdos de Asociación suscritos con posterioridad, y que movilizan en la Unión Europea intereses empresariales e institucionales perfectamente articulados) en detrimento de los aspectos políticos y culturales (ámbito en el que los compromisos son mucho más ambiguos y los intereses están menos decantados o responden a "intereses nacionales" y no a grupos de presión organizados concretos).

Más ajuste estructural

Esta reducción de la Asociación Euromediterránea a su componente económico deja al desnudo el papel esencial de esta Asociación como instrumento al servicio de los intereses estratégicos comunitarios en el marco del proceso de globalización y de la política de bloques. Como se verá en este artículo, la Asociación Euromediterránea antepone la inserción de los PSEM en los mercados internacionales (en los que entran con las cartas trucadas, pues se les impide "jugar sus triunfos", al mantener la protección de los mercados agrícolas europeos y endurecer las restricciones a la libre circulación de personas, precisamente los dos principales recursos productivos de los países en desarrollo) frente al objetivo de impulsar su desarrollo, que, en el mejor de los casos, será un subproducto de aquel proceso.

De hecho, la dimensión económica y financiera de la Asociación Euromediterránea es muy poco original, y reincide en un binomio muy familiar para todo aquel que haya seguido la evolución del proyecto económico auspiciado por la comunidad internacional -eufemismo que engloba a los países desarrollados más poderosos, las instituciones financieras internacionales y las grandes empresas multinacionales- para los países en desarrollo: apertura externa y ajuste estructural interno como condición para recibir cualquier transferencia financiera, relegando al limbo de lo inviable cualquier estrategia de desarrollo basada en la potenciación del mercado interno y el papel del Estado.

En cierta manera, la Asociación Euromediterránea y, muy particularmente, la Zona de Libre Comercio Euromediterránea constituyen el corolario lógico de la política de ajuste estructural que los países desarrollados vienen imponiendo desde hace más de quince años a todos los países de la región sin excepción. De hecho, nada resulta más significativo a este respecto que la cifra del 15% de los fondos MEDA expresamente reservados para financiar los presupuestos estatales de los PSEM en apoyo de los programas de ajuste estructural acordados, precisamente, con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Otro 30% de los compromisos financieros adquiridos se corresponde a cooperación económica "destinada a crear un entorno favorable para el desarrollo del sector privado", es decir, la extensión de los mercados. En cambio, los fondos destinados a "atenuar los efectos negativos a corto plazo de la transición económica", es decir, a fines sociales, son sólo del 29%, con el resto destinado a proyectos de medio ambiente (7%), desarrollo rural (4,5%) y proyectos de cooperación regional (14%).

Si hiciera falta corroborar la orientación política neoliberal de la Asociación, el propio contenido de los compromisos que asumen la PSEM con objeto de "facilitar la progresiva creación de esta zona de libre comercio" resulta absolutamente explícito: "el mantenimiento y desarrollo de políticas fundadas en los principios de la economía de mercado y en la integración [en los mercados internacionales] de sus economías" y "la adaptación y la modernización de sus estructuras económicas y sociales, dando prioridad a la promoción y desarrollo del sector privado". Todo un programa ortodoxo de ajuste, liberalización y privatización. En la práctica, la Zona de Libre Comercio Euromediterráneo acelera el proceso de liberalización y apertura de las economías de los PSEM, un proceso que, en todo caso, era ya irreversible en la mayoría de ellos.

Con estas premisas, parece natural que el impacto económico y social de la zona de libre comercio sea análogo al que han tenido los programas de ajuste estructural en la última década y media: encarecimiento de los productos básicos, reducción del margen de maniobra para aplicar políticas autónomas y responder a las necesidades sociales mediante la orientación del gasto público como consecuencia de la absoluta prioridad de la reducción del déficit del Estado, destrucción de empleo (si bien mientras que las políticas de ajuste de los ochenta y noventa provocaron despidos masivos en los sectores públicos de los PSEM como consecuencia de las privatizaciones y la reducción del gasto público, en el caso de la Zona de Libre Comercio Euromediterráneo los despidos se concentrarán en el sector privado, en la medida en que muchas empresas no serán capaces de sobrevivir a la competencia de los productos europeos), dualización de la sociedad entre unas elites privilegiadas e integradas en las pautas de consumo occidentales y un pequeño sector moderno y competitivo, por un lado, y la mayoría de la población marginada de toda oportunidad económica, por otro.

No sería de sorprender, por ello, que las consecuencias de la Zona de Libre Comercio fueran también análogas a las de las políticas de ajuste: aumento del desempleo y deterioro de las condiciones de vida, con el consiguiente aumento de las presiones migratorias, y creciente descontento entre la población, deslegitimación del sistema económico capitalista y de las estructuras democráticas formales, con la explosión periódica de revueltas "del hambre" y el auge del islamismo como única alternativa real a unos regímenes enrocados en la represión.

Se configura, de este modo, una condicionalidad económica que llega a formularse expresamente al establecer, precisamente dentro del capítulo correspondiente a la cooperación financiera, la "importancia fundamental" de "contar con una correcta gestión macroeconómica para que la colaboración tenga éxito". En cambio, esta condicionalidad económica no tiene su correlato en ningún tipo de condicionalidad política: por más que en la propias Declaración de Barcelona y en el artículo 2 de todos los Acuerdos de Asociación se haga referencia expresa al respeto de los derechos humanos y a los principios democráticos como un "elemento esencial" de la Asociación, lo cierto es que un somero repaso a la situación de los derechos humanos en los PSEM pone en evidencia que la libertad de expresión, el derecho de asociación y las libertades fundamentales apenas han mejorado en los últimos cinco años, y que la UE se ha mostrado exquisita en evitar incluso la más mínima crítica -y menos aun el espectro de una suspensión de la cooperación, tal como contemplan los Acuerdos de Asociación- a los gobiernos de estos países, alegando su fragilidad y la necesidad de no introducir nuevos elementos de inestabilidad, pero contribuyendo en la práctica a reforzar el statu quo e incluso dando legitimidad a los regímenes existentes en detrimento de eventuales procesos de democratización.

En definitiva, no se perciben en el proyecto económico europeo para el Mediterráneo los elementos de una nueva vía al desarrollo, sino más bien mecanismos que tienden a reforzar las relaciones económicas clásicas entre Norte y Sur: intercambio de materias primas y productos manufacturados estandarizados de bajo valor añadido por productos industriales y bienes de equipo; dependencia financiera (tanto bajo la forma de créditos como en forma de ayuda oficial al desarrollo), y flujos migratorios compensatorios.

Dinámica de flujos

Con el fin de evaluar en qué medida este proyecto está contribuyendo o puede contribuir a hacer frente a las necesidades de desarrollo de los países del Sur y del Este del Mediterráneo, un enfoque práctico sumamente útil consiste en analizar la "dinámica de flujos" financieros que ha generado, es decir, desagregar su impacto en los efectos que ha tenido sobre las principales rúbricas de "recursos para el desarrollo" o fuentes externas de acumulación y financiación en la economía de un país en desarrollo: la balanza comercial (ingresos de divisas por exportaciones menos importaciones), las transferencias al exterior derivadas del servicio de la deuda externa (devolución del capital más intereses), la aportación neta de los inversores extranjeros y las donaciones recibidas en forma de cooperación oficial al desarrollo. Es decir, analizar el impacto de la Asociación Euromediterránea sobre el comercio, la deuda externa, la inversión extranjera y la ayuda. Las conclusiones no pueden ser más decepcionantes, pues arrojan como resultado un volumen de transferencias netas de recursos desde los PSEM hacia los países de la UE próximo a los 30.000 millones de dólares anuales. Dicho de otro modo, en términos de flujos financieros son los PSEM los que están contribuyendo a financiar el desarrollo de los países europeos en detrimento de su propio desarrollo, y no al revés.

Comercio

En conjunto, la UE sigue teniendo un superávit comercial con los países del Norte de África y Oriente Medio próximo a los 20.000 millones de dólares anuales, mayor que con cualquier otra región del mundo, sobre un volumen de intercambios totales que se aproxima a los 100.000 millones de dólares (en 1996, las exportaciones europeas ascendieron a 56.884 millones de euros, frente a unas importaciones de 35.496 millones de euros), y ello pese a la fuerte dependencia europea de las importaciones de petróleo y -cada vez más- de gas de la región. Se trata de un superávit que está destinado a aumentar a medida que los PSEM eliminen sus aranceles hacia los productos industriales europeos y que reviste mayor importancia aun si se tiene en cuenta que la UE representa, para los PSEM, más de la mitad de su comercio exterior (en algunos casos, estas cifras superan el 60%), mientras que el comercio con los países del Norte de África y Oriente Medio es absolutamente marginal para los países europeos (menos del 5% de sus intercambios exteriores), lo que completa la imagen de dependencia.

Un aspecto particularmente lacerante de este desequilibrio lo constituye la dependencia de los PSEM respecto de las importaciones europeas de productos agrícolas como cereales, productos lácteos, azúcar, carne, y aceites y grasas. Y es particularmente lacerante porque precisamente la agricultura, que es uno de los escasos sectores en los que países como Marruecos, Egipto, Turquía y en menor medida otros países como Túnez podrían ser competitivos e incrementar sensiblemente sus exportaciones a la Unión Europea, quedó expresamente excluida de la Zona de Libre Comercio Euromediterránea, aplazándose su eventual -y en todo caso gradual- apertura a unas futuras negociaciones que, según los Acuerdos de Asociación con Marruecos y con Túnez, deberían empezar en el año 2000 pero cuya concreción no se vislumbra en el horizonte . Así pues, en el único sector en el que la Unión Europea podría sufrir unos ciertos "costes sociales" como consecuencia de la creación de la Zona de Libre Comercio, y pese a la existencia de una balanza comercial agrícola globalmente favorable a la Unión Europea, se protegen los mercados europeos frente a unos una producción agrícola que, en cualquier caso, salvo en productos muy concretos, difícilmente podría suponer una amenaza demasiado grave para la agricultura europea .

Con la exclusión de la agricultura, la Zona de Libre Comercio se perfila como un proceso de apertura unilateral y sin más contrapartida que los fondos MEDA de los mercados de los países en desarrollo del Sur del Mediterráneo, pues en la práctica el acceso libre de aranceles de los productos manufacturados de estos países a los mercados europeos es una realidad ya desde la anterior generación de Acuerdos de Asociación preferenciales firmados en los años setenta.

Todo ello hace que la dimensión económica de la Asociación Euromediterránea se configure, en contra de la propia retórica que la rodea, como un proyecto económico que fomenta la ayuda oficial al desarrollo y no el comercio como instrumento de desarrollo, cuando precisamente el gran lema propugnado por los adalides de la globalización para los países en desarrollo y recogido en la filosofía oficial sobre la Asociación Euromediterránea es "comercio, no ayuda".

Deuda

La Declaración de Barcelona era muy escueta sobre el problema de la deuda, limitándose a "reconocer los problemas que puede acarrear (...) para el desarrollo económico de los países mediterráneos" y a acordar "continuar los debates sobre la material con el fin de lograr avances en los foros competentes", es decir, inhibiéndose por completo sobre esta cuestión. Sin embargo, la deuda externa (su volumen total en la región se estima en 160.000 millones de dólares, con una tendencia aparentemente irrefrenable a aumentar, lo que se traduce en unas transferencias anuales netas de recursos financieros hacia el Norte próximas a los 19.000 millones de dólares anuales) sigue drenando un ingente volumen de recursos de estas economías y, lo que tal vez sea más grave, obligando a los gobiernos de estos países a someter sus políticas económicas al dictado de los acreedores internacionales, que en una proporción muy importante -como media, un 60%- son los mismos Estados europeos que han firmado la Asociación Euromediterránea. El servicio de la deuda absorbe un porcentaje de los ingresos por exportaciones que en la mayoría de los casos supera al 20% y en varios países representa una mayor proporción del gasto del Estado que los gastos sociales en educación y sanidad. Hasta ahora, las iniciativas de conversión de deuda en inversiones auspiciadas por algunos países europeos en la zona han sido marginales con respecto al volumen total de la deuda y han servido más bien para transferir a precios de saldo activos públicos en sectores con altas perspectivas de rentabilidad, y no para canalizar recursos hacia fines sociales, infraestructuras o formación del capital humano, que constituyen las grandes necesidades de los PSEM para hacer frente con ciertas garantías a los enormes desafíos que plantea la Zona de Libre Comercio Euromediterránea.

Inversión extranjera

Los participantes en la Conferencia de Barcelona manifestaron su reconocimiento de que el desarrollo económico debe ser respaldado tanto por el ahorro interno (lo que, dicho sea de paso, requeriría poner fin a la fuga de capitales protagonizada precisamente por las elites económicas y políticas que negocian en nombre de sus países acuerdos internacionales como la Asociación Euromediterránea) como por las inversiones extranjeras directas. De hecho, hay quienes señalan que una de las principales motivaciones de algunos de los PSEM para asumir los compromisos de la Asociación Euromediterránea consistió precisamente en atraer inversión extranjera, lo que esperaban conseguir gracias al anclaje de las reformas económicas que aseguraba la asunción de nuevos compromisos multilaterales, consolidando así la credibilidad de sus políticas económicas. De este modo, la configuración de un marco regulatorio y fiscal favorable para la inversión (es decir, abierto y liberalizado) se convirtió en uno de los vectores claves de la Asociación Euromediterránea.

Además, todas las estimaciones del impacto de la Zona de Libre Comercio coinciden en señalar el papel crucial de un aumento significativo de la inversión extranjera para que la apertura de los mercados manufactureros de los PSEM induzca realmente una modernización de las estructuras productivas y un aumento de la competitividad, y no se limite a desmantelar el escaso tejido industrial y empresarial existente; además, el flujo de divisas de la inversión extranjera es imprescindible para compensar el previsible deterioro de la balanza comercia y ampliar la base fiscal y, por tanto, los ingresos del Estado. Es más, la inversión extranjera reviste una importancia fundamental también desde un punto de vista político, ya que su afluencia contribuirá a legitimar un proceso de transición económica cuyos costes sociales podrían, de lo contrario, hacerlo inviable sin graves disturbios sociales.

Y, sin embargo, la inversión extranjera no ha estado a la altura de las expectativas: su volumen total se ha estancado en torno a los 5.000 millones de dólares anuales para toda la región, mientras que en otras áreas del mundo aumentaba exponencialmente. Ello tiene varios motivos:
1. La irrupción en los mercados internacionales de los países de Europa Central y Oriental, con una mano de obra más cualificada y a menudo más barata, un entorno institucional más moderno y liberalizado y mayor afinidad cultural con los países occidentales que los PSEM, ha deterioro la posición relativa de éstos ante los inversores extranjeros.

2. La Asociación Euromediterránea, a diferencia de otras Zonas de Libre Comercio (como la NAFTA, por ejemplo), no ofrece a los inversores ninguna nueva ventaja o incentivo para invertir en los países en desarrollo -nuevos mercados, nuevos incentivos fiscales o nuevas condiciones financieras-, sino más bien lo contrario, ya que gracias a la creación de la ZLC será posible acceder a todos los mercados de la región desde los países de la UE, mientras que, en tanto no se establezcan acuerdos horizontales de libre comercio entre los PSEM, desde cada uno de ellos tan sólo se podrá acceder a los mercados de la UE (algo que ya sucedía antes), pero no a los de los demás países del sur del Mediterráneo.

3. La Asociación Euromediterránea no incluye ninguna medida concreta para facilitar la inversión extranjera en los PSEM y, en particular, no hace nada por eliminar la desconfianza cultural y el temor -en buena parte fundado- a la inestabilidad política en estos países.

Ayuda al desarrollo

El proteccionismo agrícola indiscriminado de la UE, las reticencias de la inversión extranjera y la inhibición en el problema de la deuda externa hacen que la única fuente de recursos para el desarrollo real en el marco de la Asociación Euromediterránea sea la ayuda oficial al desarrollo, denominada en este caso fondos MEDA. Frente a los 7.000 millones de euros propuestos por la Comisión inicialmente en 1995 para el período 1995-1999 (aun reconociendo que ni mucho menos cubrían las necesidades sociales y económicas de estos países), el Consejo de Ministros los redujo a 4.600 millones, de los cuales sólo 3.435 eran recursos nuevos (el resto provenía de fondos no utilizados de los protocolos financieros vigentes correspondientes a anteriores Acuerdos de Asociación). El reparto de estos fondos preveía un 14% para proyectos de cooperación regional y el resto para acciones bilaterales en cada país, de modo que Marruecos y Egipto eran los países que en principio tenían asignado un mayor porcentaje (19% y 20%, respectivamente), seguidos de Túnez (12%), Turquía (11%) y Jordania (7,4%) .

Para hacerse una idea de la magnitud de estos fondos, baste indicar que representan alrededor del 0,4% del Producto Interior Bruto de los PSEM, o unos 4,1 euros por persona y año en unos países abrumados por la falta de infraestructuras sociales, el desempleo y la pobreza. Para poner en perspectiva estas cifras, el volumen de transferencias de la Unión Europea a los países de Europa Central y Oriental asciende a 12,2 euros por habitante y año (casi tres veces más), mientras que los propios países mediterráneos de la Unión Europea llevan más de un lustro recibiendo unas transferencias netas del presupuesto comunitario (sobre todo, en forma de fondos estructurales y ayudas agrícolas) muy superiores (1% del PIB en España, 2,7% en Portugal y 3,7% en el caso de Grecia).

Pero la exigüidad de estos fondos comprometidos se ha visto agravada por la incapacidad de las instituciones comunitarias y los Estados asociados para generar proyectos y ejecutar las partidas asignadas en los presupuestos, de modo que el volumen de fondos efectivamente desembolsados (pagos) apenas ha alcanzado el 26% de los fondos comprometidos, debido por un lado a la lentitud de la burocracia administrativa de Bruselas y, por otro, a la escasa capacidad de absorción de las Administraciones públicas de los PSEM (si bien no debe olvidarse que esta capacidad de absorción es una variable que puede mejorarse si existe una verdadera voluntad de hacerlo, por ejemplo mediante medidas de fortalecimiento institucional, cursos de formación para funcionarios, asistencia en la identificación de proyectos, etc.). Como indicio del problema real que se oculta detrás de estas cifras desesperanzadoras, cabe señalar que durante el año 2000 en dos ocasiones el Consejo de Ministros de la Unión Europea aprobó transferencias presupuestarias desde los fondos MEDA hacia los fondos de cooperación en los Balcanes, primero en Kosovo y luego en Serbia. En todo caso, si a los fondos MEDA se les suman los programas de ayuda bilaterales de los países europeos en el Mediterráneo, estamos ante un volumen anual de transferencias que apenas llega a los 2.000 millones de dólares anuales.

Los fondos adicionales puestos a disposición de los PSEM por el Banco Europeo de Inversiones (otros 4.600 millones de euros) para financiación de grandes proyectos de infraestructura y de medio ambiente apenas han sido utilizados por tratarse de créditos en condiciones prácticamente de mercado que no harían sino agravar el problema de la deuda externa.

Costes y beneficios de la ZLC

En cuanto al elemento central del proyecto económico de la Asociación Euromediterránea, la lógica de la Zona de Libre Comercio (ZLC) está basada en el siguiente razonamiento: la eliminación de la protección de los sectores industriales de los PSEM y la apertura de sus mercados incrementará la competencia para las empresas locales y les obligarán a incrementar su productividad para ser más competitivas, contribuyendo a la modernización y el progreso tecnológico de toda la economía. Además, la entrada de bienes de consumo y bienes de equipo extranjeros más baratos beneficiará a los consumidores y reducirá los costes de producción de las empresas, creando un aumento de bienestar en el conjunto de la economía. Por otro lado, el nuevo entorno económico favorecerá el establecimiento de empresas extranjeras que transferirán tecnología y nuevas formas de organización y actuarán como polos de desarrollo en sus respectivos sectores.

Como ejemplos a seguir, sorprende la frecuencia con la que se mencionan los casos de España y Portugal y su adhesión en la Comunidad Económica Europea en la segunda mitad de los años ochenta, que supuso una rápida apertura de sus economías y la integración en el mercado único y que desencadenó, pese a conllevar unos costes de transición nada despreciables, un proceso de modernización y convergencia real con el resto de los países europeos que les ha permitido integrarse plenamente en el mundo desarrollado. Sin embargo, al efectuar este tipo de comparaciones se obvian algunas diferencias que seguramente revisten una importancia determinante: España y Portugal se incorporaron a la Comunidad Europea como miembros de pleno derecho, lo que les permitió participar en la toma de decisiones y en la definición de las políticas comunes: de hecho, el proyecto de integración europea, pese a las críticas que pueda merecer, es mucho más que un simple proyecto de integración de mercados; de forma simultánea a su integración en el espacio económico común de la UE, España y Portugal implantaron Estados de Bienestar incompletos, pero mucho más avanzados de los que habían conocido hasta entonces, lo que permitió amortiguar los costes sociales de la integración y, sobre todo, legitimar los esfuerzos de ajuste al nuevo entorno hipercompetitivo; tanto España como Portugal, y muy particularmente sus regiones más atrasadas, se han beneficiado desde 1993 de un ingente volumen de transferencias comunitarias para inversiones en infraestructuras, medio ambiente, formación, etc., que han supuesto una importante inyección de recursos; por último, tanto Portugal como España recibieron, inmediatamente antes e inmediatamente después de su adhesión a la Unión Europea, un volumen de inversiones extranjeras que no tienen parangón en el Norte de África y Oriente Medio (de hecho, toda la región, excluida Israel, recibe anualmente menos inversiones que Portugal por sí solo).

Sin embargo, incluso si se admite la lógica económica de la Zona de Libre Comercio, no es posible ignorar que la transición económica generará unos costes de ajuste que pueden exceder, al menos a corto plazo, los beneficios de la Asociación, siquiera para amplios segmentos de la población. En primer lugar, los PSEM son muy vulnerables a la eliminación de los aranceles, que constituyen una parte importante de sus ingresos fiscales (entre el 13% de Egipto y más del 25% de Túnez). Puesto que las importaciones de estos países están muy concentradas en los países europeos, entre una y dos terceras partes de esos ingresos desaparecerán a medida que se cree la Zona de Libre Comercio, reduciendo la capacidad financiera del Estado precisamente en un período en el que los propios efectos de la apertura comercial harán aumentar las necesidades de gasto social y de inversiones en infraestructuras.

Además, la intensificación de la competencia de los productos europeos obligará a muchas empresas a cerrar (los estudios referidos a uno de los países más competitivos de la región, como es Túnez, indican que hasta un 60% de la producción industrial puede verse amenazada por la apertura) y a otras a reducir sus plantillas para ganar productividad y adaptarse así al nuevo entorno más competitivo: tanto en uno como en otro caso el resultado será un aumento del desempleo en unos países que se encuentran en pleno boom demográfico (aproximadamente el 70% de la población tiene menos de 30 años) y son incapaces ya de crear empleo al ritmo que este boom exige (las tasas de desempleo no son en ningún caso inferiores al 11% y en un país como Argelia llega al 29%).

Por otro lado, nadie discute que, al menos a corto plazo, la apertura unilateral de sus mercados conllevará un deterioro de la balanza comercial que obligará a los PSEM a incrementar su endeudamiento externo y seguramente a devaluar una y otra vez sus monedas, lo que encarecerá los precios -ahora liberalizados- de los bienes de consumo básicos -cereales, productos farmacéuticos, productos lácteos- de cuyas importaciones dependen estructuralmente. Esto acarreará un deterioro de las condiciones de vida y un aumento de la pobreza que, unidos al aumento del desempleo, intensificarán las presiones migratorias que precisamente se pretendían reducir con el proyecto de Asociación Euromediterránea.

En todo caso, lo que parece seguro es que la ZLC euromediterránea tendrá unos efectos negativos ciertos a corto plazo, mientras que los eventuales efectos positivos se harán esperar años, si no lustros, y son más inciertos. En estas condiciones, parece evidente que la apertura de mercados de los PSEM impuesta en el marco de la Asociación Euromediterránea se configura más como una restricción externa de su economía (en la medida en que los precios de mercado vienen impuestos por los precios internacionales) que como una fuente de desarrollo (pues no contempla mecanismos que les permita construir y reforzar sus ventajas comparativas).

Perspectivas y alternativas

A juzgar por lo sucedido en la Conferencia de Marsella (cuarta Conferencia a nivel de ministros de Asuntos Exteriores desde Barcelona), las perspectivas de la Asociación Euromediterránea no son nada halagüeñas. La Conferencia de Marsella estuvo a punto de suspenderse como consecuencia de la reanudación de los enfrentamientos violentos en Palestina, y aunque finalmente se celebró fue con la ausencia de dos de los socios, Siria y Líbano, que se negaron a compartir de nuevo mesa de negociación con Israel y pusieron en evidencia el carácter subordinado del proceso de Barcelona con respecto al proceso de paz en Oriente Medio. De hecho, el conflicto israelo-palestino mediatizó toda la reunión, cuyo único resultado concreto fue dar carácter oficial a algo que ya se sabía desde algunas semanas antes, pues había sido acordado en el seno del Consejo de Ministros de la UE: el aumento del paquete financiero MEDA II (2000-2006) a 5.350 millones de euros. Lo que no está del todo claro a estas alturas es si esta cifra corresponde a fondos nuevos o incluye el remanente acumulado de los fondos MEDA I no distribuidos hasta 1999, en cuyo caso estaríamos ante una reducción significativa de las transferencias a estos países .

Sea como fuere, nada de lo que sucedió en Marsella contradijo la impresión, cada vez más nítida, de que la Asociación Euromediterránea se está banalizando, evolucionando hacia una versión actualizada del tipo de cooperación al desarrollo que la UE viene ensayando sin éxito desde 1975 en el marco de los sucesivos Convenios de Lomé firmados con los países de Africa, el Caribe y el Pacífico. Curiosamente, también este marco de cooperación ostenta el título de partenariado (Asociación) y aborda de manera global en el marco de un gran Acuerdo (los Convenios de Lomé) todos los aspectos de la cooperación, incluida desde 1995 una cláusula referida a los derechos humanos y la democracia cuya efectividad ha sido bastante limitada hasta ahora. Precisamente, tras cinco lustros debatiéndose por encontrar la "llave del desarrollo" mediante distintas fórmulas de cooperación el Convenio de Lomé ha sido oficialmente liquidado mediante el Acuerdo de Cotonou firmado en junio de 2000 en Benin, en el que se prevé la negociación de nuevos acuerdos comerciales en un plazo máximo de ocho años (hasta el 2008) que, tras una etapa transitoria de no más de doce años de duración, dé paso a una serie de zonas de libre comercio con diferentes subgrupos de países agrupados en función de su nivel de desarrollo.

Esta pérdida de relevancia de la Asociación Euromediterránea se ve confirmada por la evolución de algunas políticas comunitarias directamente relevantes para las relaciones entre el Norte y el Sur del Mediterráneo pero que se está produciendo completamente al margen de la Asociación. Es lo que sucede, por ejemplo, con las perspectivas de apertura de los mercados agrícolas europeos, que a pesar de ser un asunto vital para algunos países del Norte de Africa y para sus esperanzas de desarrollo se negocia exclusivamente en el marco de la Organización Mundial de Comercio (además, el estrepitoso fracaso de la Ronda del Milenio que pretendía lanzarse en noviembre de 1999 ha retrasado cualquier perspectiva de avance en este terreno). La liberalización comercial multilateral acordada en la anterior Ronda Uruguay en 1994 también tiene efectos negativos para los países mediterráneos en el sector textil, uno de los escasos sectores manufactureros en los cuales los PSEM han conseguido ser competitivos: el desmantelamiento del Acuerdo Multifibras -que se completará en el 2004- erosiona, por no decir elimina, el acceso preferencial de los productos textiles mediterráneos a los mercados europeos, en los que ahora deberán hacer frente, sin compensación alguna, a la competencia de países en desarrollo con costes laborales unitarios mucho menores.

Pero es lo que sucede también con la nueva política común de inmigración de la Unión Europea que los Estados miembros se comprometieron a definir e instrumentar en un plazo de cinco años en el Consejo Europeo de Tampere de octubre de 1999: mientras que por un lado Europa se dispone a definir de forma completamente unilateral una política de inmigración que todo apunta que va a ser restrictiva , en el marco de la Asociación Euromediterránea apenas se hace mención alguna a este fenómeno, si se exceptúa la imposición, en los Acuerdos de Asociación, de una cláusula de readmisión de los inmigrantes ilegales a sus países de origen. Precisamente, la falta de acuerdo sobre la libre circulación de personas y la concesión de visados se ha convertido en el principal obstáculo para las negociaciones del futuro Acuerdo de Asociación entre la UE y Argelia, que van ya por su novena ronda negociadora.

En todo caso, resulta evidente que cualquier proyecto que pretenda seriamente crear un área de prosperidad y de seguridad compartidas -o, lo que viene a ser una condición previa, afrontar las necesidades de desarrollo de los PSEM- debe afrontar, al menos, los siguientes problemas:
a) La eliminación gradual pero inmediata de la protección de los mercados agrícolas europeos, con las consiguientes medidas de compensación y reestructuración a los sectores comunitarios afectados, como una contribución decisiva al desarrollo de algunos de los países de la ribera sur del Mediterráneo, que verían incrementarse sus ingresos de divisas por exportaciones y aumentar su capacidad de generación de empleo, en la medida en que la agricultura es una actividad muy intensiva en mano de obra.
b) La integración radial Norte-Sur (con la UE como eje central) que encarna la Asociación Euromediterránea consolida las relaciones de dependencia, y debe complementarse con procesos de asociación e integración económica horizontal entre los propios PSEM, si no a nivel de toda la región, al menos a nivel subregional (resucitar la Unión del Maghreb Arabe y relanzar la integración en el Maschrek), que les permita adquirir una masa económica crítica para atraer la inversión extranjera, estimular la producción local y encontrar soluciones conjuntas y complementarias a los problemas comunes. Los obstáculos políticos que hasta ahora lo han impedido pueden superarse con la ayuda -y la presión si es necesario-- de los recursos europeos, no sólo de carácter financiero, sino también en materia de experiencia en la solución de conflictos y en la gestión de políticas comunes. Pero es necesaria una fuerte voluntad política para ello.
c) La conversión de la deuda externa de una restricción al desarrollo y una fuente de transferencias netas de recursos a los países desarrollados en un instrumento de convergencia que canalice esos recursos hacia fines sociales, infraestructuras, desarrollo rural y potenciación del capital humano.

d) El aumento sustancial de las transferencias de recursos de los países europeos a los PSEM, lo que supondría admitir la insuficiencia del techo del 10% del presupuesto de la UE para acciones exteriores impuesto en el Consejo Europeo de Berlín de 1998 para el período 2000-2007.

e) Colocar al ser humano, a las personas y no a las mercancías y los capitales, en el centro de la Asociación, potenciando los intercambios culturales y sociales como un elemento clave de la Asociación y la superación de la desconfianza mutua como prioridad absoluta. Aunque hoy por hoy la libre circulación de trabajadores entre el Sur y el Norte del Mediterráneo es un tanto ilusoria, al menos la eliminación de las trabas burocráticas degradantes en la concesión de visados de corta duración constituye un requisito previo para permitir los intercambios "humanos" que han de estar en la base de cualquier verdadera Asociación.

En todo caso, dejando a un lado la demostración de impotencia que supone el hecho de que la Asociación Euromediterránea no haya diseñado una estrategia para hacer frente a estos desafíos bien conocidos, raya en la hipocresía ofrecer a los países en desarrollo del Mediterráneo una formula de integración que la propia historia de la UE ha demostrado inoperante: en efecto, tras treinta años de "integración negativa" en la Comunidad Económica Europea, en la que el proyecto de integración se centró sobre todo en la eliminación de las barreras arancelarias a los intercambios, a partir de 1985 los países europeos llegaron a la conclusión de que si querían garantizar la creación de un auténtico espacio económico común que fomentara la convergencia económica entre sus miembros y, por ende, la prosperidad compartida, era necesario adoptar un enfoque de "integración positiva" que implicara no sólo la eliminación de barreras arancelarias, sino un ambicioso programa de armonización legislativa y normativa (en eso consistió básicamente el programa de creación del mercado único para 1993), las condiciones para una estabilidad monetaria (que ha desembocado en la creación de una moneda común en 1999) y, no menos importante, la solidaridad interregional bajo la forma de la transferencia de recursos, a través del presupuesto común, desde las regiones más prósperas a las más retrasadas (los llamados Fondos Estructurales y el Fondo de Cohesión) y -a partir de 1997- los primeros atisbos de una política social y de empleo. Precisamente ese modelo de integración profunda es el que se está siguiendo en el caso de los países de Europa Central y Oriental candidatos a integrarse plenamente en la UE, mientras que en el caso de los países mediterráneos se les ofrece únicamente un modelo de integración hueco, sin contenido sustantivo más allá de la creación de las condiciones para que los mercados funcionen sin trabas, que la propia UE ha considerado insuficiente para sí misma .

Otra de las posibles alternativas al modelo de la Asociación Euromediterránea tal como se ha concretado en estos cinco años -insinuada por la Comisión Europea en algunos de sus documentos más recientes- sería la institucionalización del proceso de Barcelona, constituyendo una estructura organizativa permanente que se encargara de velar por el cumplimiento de los objetivos de los Acuerdos de Asociación, la distribución de los fondos y la gestión de proyectos comunes. Sin embargo, sin ser una propuesta descabellada, en la situación actual esta institucionalización correría el riesgo de degenerar en una burocratización estéril que dilapidaría unos recursos escasos y fácilmente podría dar lugar a un reparto entre los países socios del botín de privilegios y puestos bien remunerados que estas estructuras internacionales ofrecen. Tal como están las cosas, concentrar todos los esfuerzos en llevar realmente a la práctica los objetivos e instrumentos propuestos en la Declaración de Barcelona parece una vía mucho más prometedora.

Lo que parece más sensato, además de consumar la Asociación Euromediterránea incorporando los elementos que se han señalado, es renunciar a la ambición megalomaníaca de que la UE es capaz de articular un gran proyecto de asociación con todo el Mediterráneo. En su lugar, debería al menos plantearse la definición de estrategias diferenciadas para las diversas subregiones mediterráneas, cuando menos a nivel del Maghreb, por un lado, y el Maschrek y Oriente Medio, por otro. A pesar de la homogeneidad cultural y de los problemas de subdesarrollo comunes a todos los PSEM, los intereses estratégicos comunes, el grado de integración con las economías europeas y los problemas prioritarios son demasiado diferentes entre ambas zonas como para poder amoldarse a un esquema uniforme, y proceder por partes podría parecer menos ambicioso, pero seguramente resultaría más eficaz, permitiendo eludir así el bloqueo en el que el fracaso de las negociaciones de paz en Oriente Medio ha sumido a todo el proyecto de Asociación e impulsar realmente procesos de integración subregional horizontal. El paroxismo de esta estrategia de "meter en el mismo saco" a todos los países de la región lo constituye la propia inclusión de Israel en el proceso de Barcelona por razones estrictamente geográficas, cuando se trata de un país desarrollado cuya problemática económica nada tiene que ver con la de sus vecinos árabes.
Sea como fuere, el proceso de Barcelona difícilmente alcanzará ni remotamente sus objetivos mientras no se reoriente su contenido hacia un verdadero proyecto de codesarrollo, entendido como un proceso de integración económica y social entre dos áreas geográficas interdependientes como son Europa y el Mediterráneo que genere sinergias y complementariedades capaces de impulsar un desarrollo sostenible mutuamente inducido que dé lugar a un mayor grado de convergencia en sus niveles de desarrollo.

*http://www.nodo50.org/csca/agenda2002/euromed2002/euromed.html

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