Diario ABC
miércoles 23 de abril de 2003

HIJOS DE PUTA
Por ALFONSO USSÍA
QUE en España hay mucho hijo de puta es algo que no puede sorprender. La Real
Academia Española define al hijo de puta como «mala persona». Se queda corta.
Un hijo de puta es mucho peor que una mala persona. Y hay muchos hijos de puta
en las concejalías de cultura de un buen número de ayuntamientos. Al menos, de
los diecisiete ayuntamientos de localidades cordobesas, coruñesas,
castellonenses, granadinas, asturianas, valencianas, murcianas, ilerdenses o
barcelonesas que han contratado para sus fiestas a dos grupos presuntamente
musicales formados por otros hijos de puta batasunos que responden a los
nombres de «Sociedad Alcohólica» y «Su Ta Gar». No puede extrañar que estos
canallas canten y animen en las fiestas organizadas por los ayuntamientos de
Batasuna en las Vascongadas. Pero sorprende que en municipios del resto de
España se dilapide el dinero público financiando a estos forajidos
analfabetos. Aquí nada tiene que ver la libertad de expresión. Sí la ética, la
estética y la decencia social. En este caso, la amoralidad, la antiestética y
la indecencia social.
Cada conjunto de hijos de puta tiene una canción preferida, que oyen con
delicia los hijos de puta que los contratan y los hijos de puta que los
aclaman. La pieza magistral de los primeros se titula «¡Explota, zerdo!», y la
de los segundos «Síndrome del Norte». Se creen transgresores, los muy
imbéciles. Lo que está claro es que actúan en el país más libre del mundo,
porque en otros se les aplicarían las leyes. Apología del terrorismo y
recochineo insoportable del dolor ajeno. También desacato, calumnia e injuria,
pero esas bobadas en España no constituyen delito. Aquí se le llama
«terrorista» al Rey o al presidente del Gobierno, y lo hace un parlamentario
autonómico de la cuerda de Llamazares, y a lo más que llega la Justicia es a
regañar un poquito. Lo que escribía al principio. Un alarmante exceso de hijos
de puta es lo que tenemos. Y no exportamos ni uno. Nos los quedamos todos para
nuestro consumo interior. Así nos va.
«Huele a esclavo de la ley, zipaio siervo del rey, lameculos del poder,
carroñero coronel, ¡Explota, zerdo! dejarás de molestar, ¡Explota, zerdo!
sucia rata morirás». La segunda creación es aún más sutil. «Siempre que sales
de tu casa, tú vas todo acojonao, mirando por todos los laos, ese bulto en el
sobaco es poco disimulao. Al llegar hasta el cotxe dejas las llaves caer, no
se ke haya un bulto raro, y ke te haga volar como a Carrero, como a Carrero,
ay qué jodío es ser madero, en un lugar donde me consideran extranjero,
porrompompero».
Buena rima, buena gramática, buen mensaje y artística superación. Eso es lo
que han interpretado los responsables municipales de los ayuntamientos
contratantes. En más de uno, muy probablemente, haya sido ocupada en su
cementerio alguna tumba con antelación. No sé, algún civil, algún militar,
algún niño, algún «zerdo» que murió como una rata gracias a los amigos y
protectores de estos insignes músicos. Resultaría interesante conocer qué
ayuntamientos, qué organizaciones, qué centros culturales, qué asociaciones de
vecinos, han contratado a estas pandillas de miserables. Y si mantienen los
contratos en vigor, cuáles son los nombres de los hijos de puta
correspondientes. Nos podemos llevar más de una sorpresa.
Insisto. En la mugre social, sin hacer renuncia de su condición de hijos de
puta, hay otros grados de hijoputez que superan al de los idiotas que cantan y
componen esas birrias intolerables. Y vuelvo al primer paso. Esos alcaldes que
contratan o permiten, esos concejales que pagan y ovacionan, esos ciudadanos
que acuden, bailan, tararean y ríen. Esos son los hijos de la gran puta en su
grado de máxima excelencia. Todos esos.